En los últimos años un nuevo término ha invadido la manera que tenemos de explicarnos: el de lo tóxico. Lo encontramos en todas partes.
¿Una relación amorosa que consume el tiempo y la energía de las partes? Tóxica. ¿Un jefe que no valora el trabajo hecho? Tóxico. La
facilidad con la que recurrimos a esta palabra para definir aspectos de nuestra vida en común esconde el sufrimiento del sujeto afectado
que es incapaz de reconocerse a sí mismo. El toxikon, veneno en el que los bárbaros impregnaban las flechas, ha trascendido el campo de
la química para abarcar la esfera de las relaciones interpersonales. ¿Cómo aproximarse a esta nueva sustancia que se desliza entre
nuestras relaciones y que expresa nuestra angustia y vulnerabilidad?